• Mujer Cronopio

Una puta muñeca de trapo



Nací para hacer una sola cosa: destruir a todas las muñecas que encontrara a mi paso. Nadie parece darse cuenta de que todas las malditas son seres diabólicos. Nada de Chucky ni Anabelle, esas son fantasías, yo me refiero a la muñequita que dejas en la cama de tu hija, esa que tiene carita de niña buena. Esas son las semillas del mal. A tranquilizarse que esto no terminará en una metafórica crítica a las princesas de Disney que, vamos a estar claros, también habría que echárselas al pico, pero eso es harina de otro costal como quien dice. Cada guerrero de la luz a lo suyo, yo con las infernales muñecas ya tengo suficiente. A mí solo me competen los súcubos que habitan cada hogar y ponen a las niñas inocentes en peligro.


Mi calvario empezó a mis tiernos tres años cuando tuve que compartir la cuna con una puta muñeca de trapo. Sí, un amasijo enorme de hebras, estambres y recortes de tela que, se le ocurrió a la tía Jacinta, sería la mejor compañía para mí. Y no, tía Jacinta, tu infame muñeca me jodió la vida. ¿Y qué podría haberme hecho una muñeca de trapo? Esa es, precisamente, su habilidad, su forma subrepticia de joderte sin que los adultos inútiles se den cuenta de nada.


Todas las noches yo enredaba mis dedos entre los retazos que formaban sus cabellos y juntaba mi pequeño cuerpo buscando ese bulto que, aunque no daba calor, era la perfecta compañía de cada noche. Pronto el abrazo de trapo nocturno se convirtió en una necesidad que habitó cada una de mis camas después de abandonar la cuna. Con mi muñeca lo tenía todo: conversaciones infinitas, comprensión inacabable, camaradería y complicidad sin límites. Mientras, la paciente bruja de retazos gestaba su plan convirtiéndose en mi única y mejor amiga.


Una noche, sin previo aviso, mis fantasías adolescentes se apoderaron de mi cuerpo y con mi muñeca, hasta esa entonces solo mi amiga, conocí, por primera vez, los placeres de la carne. En otras palabras: el pecado, como luego me haría ver el padre Gerardo en aquel sermón de domingo en el que habló de la lujuria. Yo había pecado. Lu-ju-ria, uno de los siete capitales. Había consumado mi acto lascivo con trapos que parecían carnes y que lo eran en mi cabeza. Estaba condenada a las llamas eternas del averno.


La idea de ser una pecadora y estar condenada al fuego infernal no me dejaba comer ni dormir ni respirar siquiera. Así que, venciendo mi vergüenza, decidí acudir al único que podría salvarme: el padre Gerardo. Tendría que confesar la aberración en la que me había convertido y asumir las consecuencias de mi falta. Tendría que contárselo con el mayor detalle y que él me indicara si había algún camino a la absolución. Gran sorpresa. Además de descubrirme pecadora carnal también descubrí algo sobre una tal Sodoma y Gomorra, lo cierto es que no solo había pecado en pensamiento y obra dejándome arrastrar por la lujuria, sino que lo había hecho con “alguien” de mi mismo sexo. Así que, encima de todo, era lesbiana.


El padre Gerardo me dijo que con oración y servicio, así como un acto de contrición profundo, podría, poco a poco, ir borrando de mi registro el pecado que me manchaba. Sin embargo, el padre estaba ciego. Entendí que las demás estarían en peligro constante, ¿qué sería de la vida de las otras niñas sometidas a la tentación? Dejé que en mí entrase la voz del único que podría ayudarme a expiar mis culpas y convertir esta aberración en su propia espada.



Dios me habló en sueños en forma de una zarza ardiente y me reveló mi misión de vida.


Yo, hija pródiga del Señor, pecadora eterna sería quien eliminara de la faz de la Tierra la amenaza que representaba cada una de esas putas muñecas de trapo que populaban los hogares de niñas frágiles e inocentes. Yo las destruiría a todas hasta el final de mis días. Yo salvaría a todas las niñas de ser consumidas en las llamas del infierno.



 

De este texto, produje una adaptación al formato de ficción sonora. Aquí les dejo el resultado.




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