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Prevención contra el suicidio

Actualizado: 17 sept

El 10 de septiembre es el día de prevención contra el suicidio. Para mí, eso se traduce en hablar sobre el tema, lo cual representa mi batalla personal como alguien que ha batallado durante años con los pensamiento suicidas.


Este año no quiero contarles mi historia, pero sí contar una historia que surgió mientras escribía en la Comunidad de Escritura Cronopio, sobre un tipo que... aquí les dejo la historia.




Los suicidas también podemos ser tipos felices


El único problema filosófico verdaderamente serio

es el suicidio. Juzgar si la vida es

o no digna de vivir es la respuesta

fundamental a la suma de preguntas filosóficas.

Albert Camus



Manual del imperfecto suicida


Querido futuro suicida:


Empiezo por decirte que, espero, cuando leas esto habré cumplido mi cometido. Obvio que no lo he logrado al momento de escribirte estás líneas, por eso, y para permanecer fiel a la realidad, es que decidí agregar el adjetivo de “imperfecto”. Lamentablemente, el manual seguirá siendo imperfecto sin importar lo que haga este servidor, pues desde el más allá o la quinta dimensión del plano divino no podré contarte los últimos detalles de la técnica utilizada en mi único intento exitoso. ¿Lo ves? Siempre me voy tejiendo redes existencialistas de las que luego no puedo salirme, probablemente sea la razón principal por la que me he convertido en el suicida que soy. Esto de ser un existencialista buscándole significado a la vida, te quema los cartuchos, loco. Para la juventud está bien, pero cuando vas acumulando preguntas y te das cuenta de que las respuestas no existen a tu alcance todo pierde sentido.

Quise crear un manual para los interesados en matarse, ya que la ganas de abandonar este mundo no lograron destruir mi deseo de dejar un legado. Soy un hombre de una generación en la que dejar algo lo es todo, además eso de salir de tu país, en mi caso la Argentina, te hace pensar en güevonadas que en trópico no son una preocupación. ¿Para qué negar las raíces, ché? Y sí, lo único que se me ocurrió dejarle al mundo fue esto: un puto manual para borrase de esta dimensión. También dejé una hija a la que espero no haberle jodido la vida, pero nunca planté el árbol ni me decidí a escribir un thriller a lo James Patterson. La única cosa que realmente me motivó en la vida fue darle sentido y, cuando admití mi rotundo fracaso, entonces vino la obsesión de acabar con ella. Y, mirá que traté, hermano, hasta me vine a las costas venezolanas a ver si el guaguancó de esta gente me liberaba de mis obsesiones: trabajé, me reproduje y tuve episodios de felicidad. Hice todo lo que estaba establecido en la lista de chequeo de metas para mi generación y, aún así, nada, la conexión no se produjo.

Y no debió ser así, yo tenía un propósito, un poco turbio pero propósito al fin de las cuentas. Se supone, según los libros de crecimiento personal y los terapeutas/coaches de la posibilidad tóxica que si tenés un propósito de vida establecido, entonces no te pueden caer ni piojos, estás protegido de la santa depresión, el mal de ojo y los ataques de pánico, ni hablar de la crisis existencial. Así se miden las cosas y yo soy un hombre de medidas. Entonces, los suicidas, dueños de un objetivo, somos tipos estereotípicamente felices. Los suicidas también podemos ser tipos felices.


Una vocecita me grita desde algún lado del cerebro. ¡Calláte, pelotudo, que no eres Camus!


Quitarse la vida –aquí seguirá una larga carrera de eufemismos para llamar al infame acto– no solo requiere de valor sino de conocimiento. De allí, como olfatearás, aquello de manual. El objetivo de este documento, especificado así como si se tratase de un documento de políticas y procedimientos perteneciente a una organización –sí, me dedico a ello, trabajo en el área de organización y métodos– es Disminuir la fricción en el recorrido de un individuo para terminar con su existencia. Justamente mi jefe del momento me puso a cargo de un proyecto para implementar OKRs (Objetivos y resultados clave) para medir el cumplimiento de metas y esto cubre todos los requisitos. Tengo una meta y hasta se puede medir, podríamos asignarle un porcentaje a la fricción y medirlo. Un poco complicado el grupo de personas para hacer experimento, porque los suicidas en su mayoría somos tipos complicados, pero qué más da. En teoría todo es una belleza.


Esta perorata chamullera para contarte un poco más de mí y que lo que quiero es ahorrarte tiempo. Algunos leerán esto dándole una connotación de complicidad malsana, ya que soy o seré cómplice de una muerte, instigador de suicidios y hasta casi autor intelectual de un crimen. ¡Qué jurisprudencia que le dejaremos al mundo!


Como buen metodólogo, siento la necesidad de ponerte una advertencia justo en la entrada a este laberinto. Algo que dijese que tienes que estar bastante seguro de tus intenciones antes de proseguir con tu lectura, una parrafada contándote que esto no tiene vuelta atrás y es un acto definitivo, pero de seguro eso ya lo sabes, así que vamos a ahorrarnos también las pelotudeces.


En los foros sobre el tema me he enterado de algo que sí que puede ser importante incluirlo y no una pérdida de tiempo. Viste que las mujeres piensan diferente a los chabones en cuanto al método se refiere, aunque para ser inclusivo, cada caso depende del impulso más Ying que Yang o viceversa para no caer en temas del patriarcado. Me excuso, entonces, si no logro abarcar todas las líneas de pensamiento en este trabajo que tampoco se trata de una tesis de doctorado, simplemente una compañía en el difícil proceso de morir por tu propia mano.


Decálogo del suicida


- Ser discreto es la clave.

(Si lo anuncias, créeme tus intenciones son poco serias).


- Cerrar todas las relaciones posibles antes de cometer el acto.

(Importante, sobre todo encárgate de tus mascotas, pelotudo).


- Arreglar tus asuntos mundanos.

(Cada país es distinto con aquello de las deudas, así que averigua antes de echarle una vaina a tus descendientes).


- Dejar carta explicando las cosas y dando instrucciones para tus asuntos no resueltos y el destino de tu cuerpo.


- Darse un gusto a la hora de partir.

(Si eliges el método de lanzamiento-a-riel es porque quieres joder un poco a tus congéneres, permítete ese gusto y hazlo bien: hora pico, estación de trasferencia).


- Irse de la forma más limpia posible.


- Llamar a la policía, o un equivalente, justo antes para que encuentren tu cuerpo.


- Agotar las posibles ayudas.

(Hablar de querer morir no es fácil, hasta se siente ridículo cuando todos reducen tu posición a un todo tiene solución menos la muerte, por eso que la ayuda sea neutra, ajena y, si puedes pagar, profesional)


- Hacer las paces contigo.

(Viejo, lo intentaste)


- Cuestionarte la decisión.

(Y, loco, no sabemos lo que hay después. Está bien dudarlo).


-


Creí que mi papá era un tipo feliz. Bueno y, al parecer lo era, aún estoy en el proceso de descifrarlo. Creí, incluso, que disfrutaba de la vida, pero no era así y quizás sí lo era pero también quería irse. Sus razones son más oscuras que un causa-efecto, sino de esas cosas que te carcomen y no hay forma de arreglarlas en términos mundanos. Y, no me tomen a mal, después de leer su carta entiendo sus motivos, cuyos detalles más personales no compartiré como parte del manual, pero ninguna carta puede explicar lo irracional del deseo de morir a alguien que no lo ha sentido nunca.


Cuando encontraron su cuerpo, me cuentan que todo estaba en orden, así como era él: metódico. Encontré este documento o manual en la carpeta que nos dejó con las instrucciones sobre sus asuntos, así como lo dijo en el decálogo que siguió al pie de la letra. El trabajo de su vida es una tesis sobre cómo matarse y no quedar jodido en el intento. Digo esta frase, escuchando su voz porteña tropicalizada y me río, coño, y esa risa no me permite entender con las entrañas la razón por la que decidió suicidarse. Sin embargo, no quiero tomármelo a pecho, no quiero ser egoísta. Nada de lo decidió fue en mi contra ni a mi favor, no es mío. Eso lo entiendo, le digo al papá que supo cómo irse , gracias por aquella conversación en la que ahora veo que cerrabas lo nuestro.




 


Prende una velita por mí...







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